Esa tarde llegué a mi casa lo más pronto que pude, tal y como te había prometido. Luego fui a buscarte a la clínica del veterinario que queda a sólo calles de donde vivía en aquel entonces. La perrita que habías recogido, dolorida y maltrecha, descansaba finalmente, quizás después de cuántos días de hambre y sufrimiento. Supimos que había fracturas y que se requería intervención quirúrgica. Entonces, sin pensarlo dos veces te ofrecí mi casa para albergarla el tiempo que fuera necesario, mientras, tú encontrabas un lugar donde vivir y llevarla contigo a vivir. Ya de regreso en casa, le dimos de comer a la cachorra y a mi gatita y luego tomamos once. Dada la hora, decidiste quedarte. Esa noche abriste la puerta del lado de la cama que usabas cuando dormías en casa y te hice el amor. Una vez más no me tocaste.
Al día siguiente, preparé tu desayuno y algo de ropa para que te cambiaras. Por un breve instante tuve la impresión de vivir en un hogar y que eras mi pareja. Pero eso era mentira. No eras mi pareja. Eras sólo una amiga quien, hacía poco más de un mes, había decidido cruzar la frontera, adivinando quizás, que yo estaría dispuesta a recibirla. Aquella noche, después de esas palabras mágicas que pronunciaste, fui yo quien te hizo el amor. Fui yo, después, quien se quedó en desvelo al no haberte sentido en mí. Fui yo quien se despertó al día siguiente con la sensación de saber que tu primera reacción sería irte; que tu primera impresión sería que aquello había sido un error...
Es verdad. Esa mañana no te fuiste, e incluso intentaste un momento de intimidad que no resultó, como otros tantos que no resultaron y que se sumaron a la larga lista de incongruencias que comenzamos a construir lentamente. Y es que en esta historia, ahora lo sé, no hay jovencitas ni malas de la película. Sólo dos personas con un historial de vida tan disímil que no había modo en que algo adicional funcionara; porque incluso nuestra amistad, en algún momento, se tornó un pozo gris que dejó de dar esos colores fulminantes que solían alegrarnos y emocionarnos al hablar.
Habías pasado por tantas cosas difíciles que se te hacía imposible confiar en alguien. Había tanto dolor en lo vivido que habías dejado de creer. Yo también había conocido el engaño y el desengaño, (quién no), pero le di otro rumbo, otro sentido a esos dolores, empeñada en que la vida y las personas pueden ser siempre fuente de felicidad, aunque no sea duradera. Definitivamente, nuestra parada difería en muchos aspectos. Tú te conmiserabas de ti misma, permaneciendo casi al borde del paroxismo. Yo, no me detenía, salvo, quizás, para mirarte, porque me tenías encantada.
Quizás, ese dolor que exudabas era mi pretexto para redimirme de aquellos otros que yo, a mi vez, había ocasionado.
Quizás dentro de esa soledad, que olía en mi piel, quería aferrarme a ti. No lo sé. Pero me atraías, irremediablemente, y a pesar de que, sin saberlo todavía, estuviéramos viviendo el principio de un final no deseado.
Venías todos los fines de semana a mi casa. Nos juntábamos algunos días después de la jornada de trabajo para caminar o beber una gaseosa. Eras la amiga y compañera de aventuras que había querido para mí en mi adultez. Lo hablábamos todo. Todo lo analizábamos. A veces venías a mí como una niña a preguntarme cosas, contarme otras. En fin. Pretextos para juntarnos no faltaban. La música, el cine, la lectura, la fotografía. Todo nos acercaba, insensiblemente al principio. Hasta que me di cuenta de que me atraías. Aunque para ser honesta, creo que lo había sabido siempre. Desde que, con una sonrisa, me habías lanzado una frase al azar cuando recién conocía a la que sería mi pareja por poco más de un año. Quizás es posible que haya adivinado en aquel entonces (para olvidarlo después) de que eras peligrosa, que podías serlo potencialmente para mi.
Por causas y azares (como bien canta Silvio) nos habíamos dejado de ver para luego reencontramos. Ese reencuentro fue sin pausa ni descanso. Hablábamos todos los días por teléfono. Y aunque hubieras dejado mi casa muy poco rato atrás, al llegar a la tuya me llamabas y así seguíamos hablando por otras tantas horas. Creo que fue en esos momentos en que mis preguntas y dudas asomaron por primera vez.
A los pocos meses, y con la fecha de mi cumpleaños cerca, mi cabeza estaba toda llena de ti. Pero era de esas cosas sin esperanzas. Tú vivías hablándome de las chicas que veías; de cómo querías encontrar una pareja y yo veía que no calzaba en ese rompecabezas.
Fue tal vez por eso que esa noche, después de la fiesta con la que celebré mi cumpleaños, y ya estando tú y yo a solas, que me sentí cohibida. De hecho no me fui a acostar de inmediato y al salir del baño me viste en pijamas mirando las fotos que había tomado rato atrás. Cuando ya no tenía más excusas para demorarme y confiando en que estarías dormida, me fui a la habitación y me acosté. Al hacerlo me di cuenta de que aún estabas despierta y te pregunté por qué. "Porque me tienes inquieta" respondiste.
A diferencia de otros momentos en mi vida, en ese instante, no vacilé. Me volví hacia ti y bajo la tenue luz de la luna, que inundaba la habitación, te miré, me acerqué y te besé. Fue un momento raro, largamente deseado, pero raro. Creo que yo estaba tensa. Había imaginado ese instante muchas veces y siempre su resolución era muy complicada. Pero en ese momento todo brotó tan espontáneo...
Te atraje hacia mí y volví a besarte. Mis manos te tocaron por primera vez. Tus pechos firmes, tensos se acomodaron en ellas, así como uno de mis muslos buscó su natural abrigo en el espacio de tu entrepierna. Mi boca resbaló por tu torso en la medida que me deshacía del pijama que te cubría. Besé tu sexo. Un aroma fresco, sano y limpio se instaló en mi nariz y aspiré profundamente. Me incorporé y te llevé a horcajadas sobré mi, para luego deslizarnos, una vez más, suavemente sobre el lecho y quedar con mi rostro instalado nuevamente entre tus piernas. Espacio que no volví a abandonar hasta percibir cómo unos orgasmos te hacían temblar seguidamente, pero que se me antojaron mezquinos cuando te envolvieron en ese sopor posterior al placer y que te arrebató de mí. Esperé, pero el sueño que te invadió fue fuerte y ya no supe más de ti. La primera frustración se me vino encima. Mi despertar del día siguiente fue ansioso, como lo serían muchos otros...
Es cierto. Nunca prometiste nada. Pero no es menos cierto que yo tampoco te exigí, ni siquiera insinué ninguna demanda de mi parte. Creo que eso nunca lo viste o mejor aún, pienso que nunca creíste que alguien pudiera darte algo a cambio de nada. Desde tu perspectiva eso no podía ser cierto. Verdad es que también fuiste honesta, en el sentido de dejar las cosas claras, pero tampoco nunca entendiste que se puede ser todo lo clara que se quiera sin que para ello sea necesario herir.
Mientras, y a todas luces, las cosas empeoraban. La comunicación que teníamos antes se fue de la noche a la mañana al tacho de la basura, junto a muchas esperanzas y sentimientos maltrechos. Nuestra separación no fue acordada, fue brindada por la vida. Esa misma que nos había vuelto a reunir hacía tan sólo unos meses; la misma que me había hecho conocerte y la que me hizo pensar por unos segundos que quizás eras tú lo que yo necesitaba. Bueno, pues ella, esa vida, y muy a su modo (como siempre), respondió a mis interrogantes. No de la mejor manera. No fue como caminar sobre satín... Me pregunto si habrá respondido en parte a las tuyas. No lo sé y eso es porque no he vuelto a saber de ti. Te llamé pocos días antes de dejar Santiago. Tal vez el motivo que aduje fue un pretexto. Aunque a juzgar por mi falta de emoción y de nerviosismo creo que finalmente quedaste atrás, junto con otras personas y otros sentimientos que en su momento también debieron marchar. La vida una vez más se encargó de dejarme claro que sólo es ella quien tiene el sartén por el mango y que yo, en el mejor de los casos, soy sólo la presa que se hierve en su aceite.
Historia publicada por su autora en la revista lésbica on-line ROMPIENDO EL SILENCIO, en la sección HISTORIAS.
Al día siguiente, preparé tu desayuno y algo de ropa para que te cambiaras. Por un breve instante tuve la impresión de vivir en un hogar y que eras mi pareja. Pero eso era mentira. No eras mi pareja. Eras sólo una amiga quien, hacía poco más de un mes, había decidido cruzar la frontera, adivinando quizás, que yo estaría dispuesta a recibirla. Aquella noche, después de esas palabras mágicas que pronunciaste, fui yo quien te hizo el amor. Fui yo, después, quien se quedó en desvelo al no haberte sentido en mí. Fui yo quien se despertó al día siguiente con la sensación de saber que tu primera reacción sería irte; que tu primera impresión sería que aquello había sido un error...
Es verdad. Esa mañana no te fuiste, e incluso intentaste un momento de intimidad que no resultó, como otros tantos que no resultaron y que se sumaron a la larga lista de incongruencias que comenzamos a construir lentamente. Y es que en esta historia, ahora lo sé, no hay jovencitas ni malas de la película. Sólo dos personas con un historial de vida tan disímil que no había modo en que algo adicional funcionara; porque incluso nuestra amistad, en algún momento, se tornó un pozo gris que dejó de dar esos colores fulminantes que solían alegrarnos y emocionarnos al hablar.
Habías pasado por tantas cosas difíciles que se te hacía imposible confiar en alguien. Había tanto dolor en lo vivido que habías dejado de creer. Yo también había conocido el engaño y el desengaño, (quién no), pero le di otro rumbo, otro sentido a esos dolores, empeñada en que la vida y las personas pueden ser siempre fuente de felicidad, aunque no sea duradera. Definitivamente, nuestra parada difería en muchos aspectos. Tú te conmiserabas de ti misma, permaneciendo casi al borde del paroxismo. Yo, no me detenía, salvo, quizás, para mirarte, porque me tenías encantada.
Quizás, ese dolor que exudabas era mi pretexto para redimirme de aquellos otros que yo, a mi vez, había ocasionado.
Quizás dentro de esa soledad, que olía en mi piel, quería aferrarme a ti. No lo sé. Pero me atraías, irremediablemente, y a pesar de que, sin saberlo todavía, estuviéramos viviendo el principio de un final no deseado.
Venías todos los fines de semana a mi casa. Nos juntábamos algunos días después de la jornada de trabajo para caminar o beber una gaseosa. Eras la amiga y compañera de aventuras que había querido para mí en mi adultez. Lo hablábamos todo. Todo lo analizábamos. A veces venías a mí como una niña a preguntarme cosas, contarme otras. En fin. Pretextos para juntarnos no faltaban. La música, el cine, la lectura, la fotografía. Todo nos acercaba, insensiblemente al principio. Hasta que me di cuenta de que me atraías. Aunque para ser honesta, creo que lo había sabido siempre. Desde que, con una sonrisa, me habías lanzado una frase al azar cuando recién conocía a la que sería mi pareja por poco más de un año. Quizás es posible que haya adivinado en aquel entonces (para olvidarlo después) de que eras peligrosa, que podías serlo potencialmente para mi.
Por causas y azares (como bien canta Silvio) nos habíamos dejado de ver para luego reencontramos. Ese reencuentro fue sin pausa ni descanso. Hablábamos todos los días por teléfono. Y aunque hubieras dejado mi casa muy poco rato atrás, al llegar a la tuya me llamabas y así seguíamos hablando por otras tantas horas. Creo que fue en esos momentos en que mis preguntas y dudas asomaron por primera vez.
A los pocos meses, y con la fecha de mi cumpleaños cerca, mi cabeza estaba toda llena de ti. Pero era de esas cosas sin esperanzas. Tú vivías hablándome de las chicas que veías; de cómo querías encontrar una pareja y yo veía que no calzaba en ese rompecabezas.
Fue tal vez por eso que esa noche, después de la fiesta con la que celebré mi cumpleaños, y ya estando tú y yo a solas, que me sentí cohibida. De hecho no me fui a acostar de inmediato y al salir del baño me viste en pijamas mirando las fotos que había tomado rato atrás. Cuando ya no tenía más excusas para demorarme y confiando en que estarías dormida, me fui a la habitación y me acosté. Al hacerlo me di cuenta de que aún estabas despierta y te pregunté por qué. "Porque me tienes inquieta" respondiste.
A diferencia de otros momentos en mi vida, en ese instante, no vacilé. Me volví hacia ti y bajo la tenue luz de la luna, que inundaba la habitación, te miré, me acerqué y te besé. Fue un momento raro, largamente deseado, pero raro. Creo que yo estaba tensa. Había imaginado ese instante muchas veces y siempre su resolución era muy complicada. Pero en ese momento todo brotó tan espontáneo...
Te atraje hacia mí y volví a besarte. Mis manos te tocaron por primera vez. Tus pechos firmes, tensos se acomodaron en ellas, así como uno de mis muslos buscó su natural abrigo en el espacio de tu entrepierna. Mi boca resbaló por tu torso en la medida que me deshacía del pijama que te cubría. Besé tu sexo. Un aroma fresco, sano y limpio se instaló en mi nariz y aspiré profundamente. Me incorporé y te llevé a horcajadas sobré mi, para luego deslizarnos, una vez más, suavemente sobre el lecho y quedar con mi rostro instalado nuevamente entre tus piernas. Espacio que no volví a abandonar hasta percibir cómo unos orgasmos te hacían temblar seguidamente, pero que se me antojaron mezquinos cuando te envolvieron en ese sopor posterior al placer y que te arrebató de mí. Esperé, pero el sueño que te invadió fue fuerte y ya no supe más de ti. La primera frustración se me vino encima. Mi despertar del día siguiente fue ansioso, como lo serían muchos otros...
Es cierto. Nunca prometiste nada. Pero no es menos cierto que yo tampoco te exigí, ni siquiera insinué ninguna demanda de mi parte. Creo que eso nunca lo viste o mejor aún, pienso que nunca creíste que alguien pudiera darte algo a cambio de nada. Desde tu perspectiva eso no podía ser cierto. Verdad es que también fuiste honesta, en el sentido de dejar las cosas claras, pero tampoco nunca entendiste que se puede ser todo lo clara que se quiera sin que para ello sea necesario herir.
Mientras, y a todas luces, las cosas empeoraban. La comunicación que teníamos antes se fue de la noche a la mañana al tacho de la basura, junto a muchas esperanzas y sentimientos maltrechos. Nuestra separación no fue acordada, fue brindada por la vida. Esa misma que nos había vuelto a reunir hacía tan sólo unos meses; la misma que me había hecho conocerte y la que me hizo pensar por unos segundos que quizás eras tú lo que yo necesitaba. Bueno, pues ella, esa vida, y muy a su modo (como siempre), respondió a mis interrogantes. No de la mejor manera. No fue como caminar sobre satín... Me pregunto si habrá respondido en parte a las tuyas. No lo sé y eso es porque no he vuelto a saber de ti. Te llamé pocos días antes de dejar Santiago. Tal vez el motivo que aduje fue un pretexto. Aunque a juzgar por mi falta de emoción y de nerviosismo creo que finalmente quedaste atrás, junto con otras personas y otros sentimientos que en su momento también debieron marchar. La vida una vez más se encargó de dejarme claro que sólo es ella quien tiene el sartén por el mango y que yo, en el mejor de los casos, soy sólo la presa que se hierve en su aceite.
Historia publicada por su autora en la revista lésbica on-line ROMPIENDO EL SILENCIO, en la sección HISTORIAS.


1 comentarios:
una historia preciosa, sincera, seguro que en ella hay mucho de verdad y de recuerdo, y de desahogo
un beso
Publicar un comentario en la entrada