Cuento publicado recientemente en Rompiendo El Silencio, sección HISTORIAS.
Mi vida amorosa ha sido casi siempre un desastre. No me ha ayudado mucho el ser una especie de Dra. Jeckill y Sra. Hyde. Soy una especie de fierecilla a la hora de la cama. Con una energía y una fuerza que se me desatan. Y no es que guste de llevar el control en todo. No. No se trata de eso. Es sólo que mi hacer, de acuerdo a esas estúpidas y manidas estructuras aprendidas, es lo que suelen llamar dominante. Disfruto sobremanera que mi pareja me seduzca, me incite. Así. Sin rebuscamientos. Sólo la pasión. Y conste que es pasión.
Es por eso, y porque tengo todo un caudal de sentimientos y emociones a flor de piel, que necesito contar esto. Esto que se ha convertido en una de las revelaciones más hermosas y potentes que he experimentado hasta ahora. Para ello, quizás, deba hacer una mínima retrospectiva. Mi última pareja era una mujer dulce. Creo que por eso me atrajo. Yo resulté ser su primera amante. Y si bien, funcionábamos bien en la cama, el tema de los roles era algo muy fuerte para ella. Pero con ese típico posicionamiento de macho-hembra, activa-pasiva, etc. Y por ello siempre me “recordaba “que yo era, ante todo una MUJER. ¡Como si no lo supiera!
Tanto fue el cántaro al agua que terminé por no saber cómo expresar mi amor y mi deseo por ella. Simplemente, me “enfrié”. De ahí a la ruptura, sólo un paso. Tal vez por eso me cansé, o me frustré. No sé. Tomé un receso. Bloqueé mis ansias. En fin. Me avoqué a lo que conocía bien. Mi trabajo. Por largo tiempo me escondí tras una inmensa montaña de eso, casi al punto de sepultarme. En aquella época solía recibir una buena cantidad de correspondencia, la que no siempre podía contestar. Sin embargo, al recibir una crítica a uno de mis artículos, respondí a su autora, sin saber, qué destino y tiempo mediante, ella y yo nos convertiríamos en grandes amigas y confidentes de nuestras soledades.
Hablábamos hasta cinco veces por semana, tan sólo para contarnos hasta los más ínfimos e íntimos detalles de nuestras vidas y sus relaciones. Sin morbo ni curiosidad en ello. Y aquí estoy, escribiendo todo desde el aeropuerto. Mientras espero su vuelo, me doy cuenta de que estoy nerviosa como niña en su primer día de clases. Sumida en esta silla, frente a un café, repaso mentalmente cada cosa dicha en el transcurso de este tiempo y una sensación indescriptible me acelera el corazón. Acaban de avisar por el alto parlante que el vuelo llegó. Apuro el último sorbo de café y me preparo a apagar mi notebook. Seguiré escribiendo mañana.
Días después...
Tengo muchas cosas que escribir, pero no he querido perder el tiempo en ello. Más importante ha sido lo que me ha tocado vivir. Hace una semana que Claudia llegó. Hace una semana que me he quedado casi sin aire. Una semana que llevo intoxicada, embriagada de múltiples sensaciones que antes no pude siquiera imaginar. Aquella tarde, el vuelo llegó a tiempo, y tuve que esperar poco para verla aparecer en medio de la multitud que salía con sus carritos y que era recibida con abrazos y alegría. No me costó reconocerla, en lo más mínimo. El saludo fue efusivo. Ni Claudia ni yo ocultamos nuestra alegría. Nos encaminamos al estacionamiento. Acomodamos el equipaje y emprendimos rumbo a mi casa. En el camino, ella se mostró como siempre: verdaderamente un torbellino de locuacidad. Yo no paré de reír en todo el trayecto. Aún así, no pude evitar sentirme turbada ante esta mujer que, en persona, resultaba aún más atractiva que lo que su imagen a través de la cámara del pc había dejado entrever. Tres años habían transcurrido. Cientos de mails. Miles de conversaciones.
Llegamos a mi casa y la llevé a su habitación. Mientras ella tomaba una ducha, bajé a preparar algo de comida. De pronto la vi, mirándome. Los cabellos húmedos y ese aire divertido que le daba una expresión infantil a su rostro. Nos pusimos a conversar y me ayudó a llevar las ensaladas a la mesa. Cogió su vaso de cerveza y lo levantó frente a mí. Salud por el placer de estar aquí, en tu casa, dijo. Nos sentamos a comer. Y la observé. Devoraba todo. Parecía que todo lo hacía así: con ganas. Con hambre. Sin dejar que nada se perdiera. Era curioso. A pesar de la turbación que por momentos me invadía, me sentía cómoda. Como si nos hubiéramos dejado de ver apenas unos meses atrás. Me levanté a buscar otra botella de cerveza y unos cubitos de hielo. Me volví para ir a la mesa y me la topé ahí mismo, casi pegada a mí. Di un pequeño respingo por esa cercanía inesperada. Me quitó de las manos la botella y el bowl con el hielo y así sin más me abrazó. No supe bien cómo reaccionar. Pero ese abrazo me resultaba más que placentero. Y lo devolví. Fue en ese instante que sentí como una corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo, inmovilizándome. Cerré los ojos. Sientes lo mismo que yo, verdad? La oí decir. Asentí, casi sin voz. Nuestras bocas se rozaron con tal delicadeza que el estremecimiento que experimentaba no hizo sino acrecentarse. Claudia lanzó un leve suspiro cuando sintió mis labios en la comisura de su boca. Mi corazón se deshizo en fuegos de artificio y la estreché aún más contra mí. Sus brazos rodearon mi cuello. Su cuerpo se plegó al mío, y las caricias se acentuaron. Por un segundo, nos miramos, perplejas. Pero cuando su vientre acarició el mío, insinuante y ardiente, sentí que todo desaparecía. Trastabillamos mientras nos acercábamos a la escalera, sin dejar de besarnos. Se apartó de mí y tomó mi mano. Sus ojos brillaban. Yo la seguí escaleras arriba, en silencio. Frente a mi dormitorio la detuve y así la llevé a mi cama. Nuestras manos volaron sobre nuestros cuerpos. Sabias. Conocedoras de los secretos de la una y de la otra. Su piel era un imán para la mía. Claudia me tomo suavemente de las manos y me llevó sobre su cuerpo. El placer que experimenté en ese momento lo sentí como un garrotazo en mis sentidos. No podía parar de besarla, ni ella me daba la posibilidad de hacerlo. La recorrí entera, ella guiándome. Elevando su cuerpo en busca del mío, y atrapando con sus manos mis caderas para ceñirme más. Mi vientre pareció hundirse en el de ella, haciendo que su espalda se arqueara hacia atrás ofreciéndome sus pechos. Ella sujetó mi rostro contra ellos y enlazó sus muslos como enredaderas en torno a mi cintura. Dentro de mi desesperación y del ardor que me rompía los huesos, me tomaba el tiempo, todo el tiempo para acrecentar aún más su deseo. Pero ella era voraz, como un incendio. No quería dejar trazas de mí y exploraba cada rincón de mi cuerpo, el que no podía sino responder arteramente. Y así, en medio de las bocas apremiantes, de las manos y las piernas que se buscan. En ese enredo de palabras ardientes e incoherentes tuvimos la seguridad de que, al menos por ahora, la búsqueda había terminado. El destino había jugado su mano y nos había reunido. Enredadas en la cama. Entregadas, cada quien a su modo. Rebosantes. ¿Qué sucedería después? poco importaba. Ambas habíamos aprendido el valor del tiempo, el valor del ahora. Ya habría tiempo para el después.

